Microrrelato #8 – Los Embaldosadores

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Cuando terminaron de levantar todas las calles, carreteras, puentes, vías de tren y demás caminos construidos, los embaldosadores se pusieron manos a la obra. Tenían claro su cometido. Trabajarían a la velocidad de la luz, día y noche, poniendo baldosas delante de cada pisada que fueran a dar los ciudadanos de aquel lugar. Ahora bien, sólo habría baldosas para aquellos que avanzaran con decisión. Un retraso de más de cinco segundos entre pisada y pisada sería considerado una falta de convicción y, por lo tanto, los embaldosadores no colocarían ninguna baldosa en esa dirección. Si esto sucedía, los ciudadanos sólo podrían darse la vuelta y elegir otra dirección o tropezar, caerse, y volver al punto anterior. De esa manera, la ciudad comenzó a llenarse de diferentes y variopintos caminos. Ya no había caminos iguales, ni correctos o incorrectos. Había recovecos, intersecciones y largas conexiones, pero era imposible que todos los ciudadanos siguieran una misma dirección. Cuando lo intentaban, antes o después, se encontraban con un espacio vacío propio de su duda o pensamiento crítico que les hacía cambiar el rumbo. Por fin, se hacía camino al andar y el destino de los ciudadanos lo elegían ellos mismos.

BeatrizMicrorrelato #8 – Los Embaldosadores

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